viernes, 18 de julio de 2014

Adrenalina de exámenes de vida

¡Ah! Cuando una hace el recuento de los años (no daños), y piensa en lo que estudió, cosas se escapan. Eso de presentar un examen era tan emocionante, no por la carrera de la memoria, si no por el reto ante uno mismo. Aunque hice trabajos de investigación, el promedio hizo que pasara ambas carreras de manera suave. Ahora, siendo maestra, quisiera darles tantas armas como pudiera a mis alumnos, para que se repongan de cualquier cosa que pudiera desequilibrarlos.

Tengo mis alumnos asesorados. Es de las más grandes pruebas. Agradezco a cada uno la posibilidad de aprender de ellos, de sus dudas y mis dudas, de crecer. A veces no es de acuerdo a lo planeado, hay que replantearse las cosas cuando el tiempo no se estira como uno quisiera, pero el cronograma tiene una gran ayuda: administras porque administras.

Admiro a los chicos que sus veintidós años deben colocar cada cosa en su lugar, entre el servicio social, los eventos de materias, los exámenes y las tesis, para lograr titularse y salir al mundo a defender su pasión.

Hoy, leyendo borradores, corrigiendo estilo, viendo huecos por llenar, planeando exposiciones ante sinodales, pues no me queda más que hacerles saber que todo saldrá bien; no porque se me pegue la gana, si no porque es algo merecido.

Mi mamá me dijo una vez que a ella le hubiera gustado ser maestra. Finalmente lo fui yo. Hoy, en un curso, me ha quedado claro lo que sabía de alguna manera: doy clases en un mundo extraño, con seres cada vez menos habitados por ellos mismos, pero la esperanza la cultivo en cualquier día, en cualquier dendrita, con la sorpresa de la electricidad compartida. No tengo hijos, pero cada chico es alguien a quien orientar, a quien platicarle lo que uno pasa. Es como tener más de cincuenta hijos cada semestre. Habrá quienes te escuchen, habrá quienes no, ¿pero saben?, con que dos almas guarden algo de lo que digo para su vida, me hace feliz.

Yo no sé qué deje uno en este mundo, tan finitos somos, pero si hay una raíz, que sea la del conocimiento compartido. Falibles somos, ¡que hagan tantas observaciones como sean necesarias mis colegas a las tesis de mis alumnos! ¡No tengo forma de agradecer más que nos apoyen en un corpus fuerte, estable!

Estoy lista, y me pongo la camiseta de mis chicos. Gracias infinitas a la sorpresa de la vida de hacerme orientadora, que trae consigo una incalculable fatiga mental, pero que, al mismo tiempo, maximiza mi capacidad. Quiero ser lo mejor que se pueda para ellos, para mi familia y mi futura pareja... Y es que al final, nos construimos, nos hacemos, y nos compartimos. Crecemos juntos.

¡Ah, vida, que no eres mía, es de muchos!

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