Qué complicado es hablar de las relaciones. Hace no mucho
escribía de ello en varios post en una cuenta, y he decidido retomar las ideas
(ejercicio que algunos pagarían en un diván, pero me ahorro el costo).
Desde que recuerdo no he sido muy buena en esa materia, pero
no me quejo. La precaución ha ayudado a mantenerme sin tantos conflictos. El
amor, vaya palabra y tantos hilos. Es como si mi hija Morris decidiera rasguñar
los sillones hasta estropearlos, sólo por alguna especie de búsqueda de
tranquilidad a su bella ansiedad. Así lo veo.
Vienen flashbacks, y me ubico en el kínder. Ensayábamos para
el vals de la graduación, cinco años emergían en un cuerpo frágil, con cabello
cortito (me gustaba tomar tijeras y cortármelo). Aquella vez le dije a mi
madre: “mamá, me va a tocar bailar con un niño que me gusta”. El día del
evento, comencé a contar: niño con tal niña, niño siguiente con niña siguiente
y ¡pas!, el que me gustaba le tocaba a otra amiga. Recuerdo que quise cambiarla
en la fila y nomás no se pudo. Me tocó justo el más desagraciado (por decirlo
de alguna manera). Evidentemente le dije a la salida a mi madre que ése no era.
No sé, creo que a partir de ahí debí entender eso de la suerte.
En la primaria me gustó siempre Gaudencio, cómo olvidaría su
nombre. Supe en alguna reunión con mis amigas que yo le gustaba, y después que
ya no le gustaba, si no una amiga llamada Lily. Lo bueno de aquellos tiempos
era que nada era personal y no te causaba un trauma. Después un tal Ricardo fue
el que me encantaba, y era un amor extraño. Creo, de hecho, que antes uno se
fija en los carismáticos, pues no era el típico lindo. Siempre mantuve
silencio, parecía que decir quién te gustaba era una prueba irrefutable de
debilidad.
La secundaria, un amigo que anduvo con mi mejor amiga, era
el único que en verdad me parecía bueno. Y ya en la prepa, la competencia por
las mejores calificaciones hizo que quien se “me declaró” no tuviera mucho
chance (no porque fuera mi rival, si no porque no había real atracción). De hecho me gustaba su mejor amigo, así es esto. Sorteos.
La universidad (la primera que cursé) no tuvo grandes
opciones, pero comencé a retomar cierto patrón. Sólo un chico me “movía el
tapete”, quien tenía ojos de venado y a quien se lo dije una vez. Siempre he
sido muy cobarde para esos menesteres, pero sus ojos eran grandes, negros, y
tenía un corazón maravilloso. Sólo lo traté, y eso bastó.
En la UNAM, vaya, anduve con un chico de artes plásticas. Suficiente
tiempo para conocerme. Las crisis de los artistas me cansaron un poco, y es que
tanta sensibilidad a la belleza hace más que probable que se enamoren fácilmente.
Terminamos después de que me dijo estar en riesgo ante otra chica. Agradecida
quedé, fue valiente. Tengo bellos recuerdos (aunque suene trillado) y aprendí
mucho, pues se metió a letras alemanas y lo poco que sé de alemán y filosofía
se lo debo a él. Para entonces ya andaba en mis 22 años. Creo que ha sido de
mis relaciones más largas y fructíferas. Creo que me quiso mucho (correspondido).
De ahí, tardé para visualizar mi vida romántica. Apareció un
arquitecto del DF cuando ya estaba en Xalapa. Hablaba demasiado. Nos sentábamos
a la mesa y perfecto recuerdo a mi madre y a mí, casi tambaléandonos de sueño.
Aprendí mucho sobre Le Corbusier, sobre capiteles y materiales. Finalmente el
cansancio hizo que le dijera aquello que no es muy agradable, pero fui
diplomática. Supe que me fue a buscar aún el año pasado a casa de mi madre. Por
fortuna no estuve, ya después entendí que era ese aire de “Mr. Bean” el que me
hizo ruido visual.
No he sido mujer que tenga muchas parejas, de hecho me
encantan los chicos, pero como he escrito antes: conforme avanzo de edad, mi
target disminuye.
El último novio fue odontólogo, y ha sido espectacular. Creo
que eso de pertenecer a distintas áreas y el hecho de ser excesivamente
calmado, formó buenos testimonios. Por gracia o desgracia, regresó con su
exnovia. Y lo acepté (no duden que me llevé un tiempo de terror, pero ya estaba
grande, le llevaba unos cinco años). Es y seguirá siendo un gran amigo, somos
distintos, somos distintos. Lo excelente es que conocí algo impresionante: camarones al mojo de ajo que se hacían en su tierra natal. Pienso en eso y se me hace agua la boca. Ya sé a dónde ir por aquellas tierras.
A veces uno se pregunta qué quiere, y quizá no sea acertada
la estructura gramático-emocional. Paso de tres décadas y mi soltería tiene
buen sazón, todos aquellos que me han encantado entre relaciones, tienen una
vida que admiro: son felices, completos. Y eso es lo que necesito. No quiero
una mitad, quiero un ser completo.
Hablando con amigas, con la misma condición, llegamos a esa
conclusión: los hombres y la palabra “compromiso” parecen no llevarse. Y no
hablo de casarse, hablo del sentido exacto: compartir un proyecto. Creo en el
crecimiento, en la alimentación cognoscitiva, en la construcción de sueños
aterrizables. Significativo es que todos los que me encantan superan mi edad, y
es que es obvio: ya saben lo que quieren. La indecisión es un mal terrible, y
mi carácter ya no está para esas cosas, ni los celos, ni todo aquello que
desorienta los caminos. Pareciera tan simple.
Ahora, pienso en familia, el concepto. Hace unos meses me
fui con mi madre al defectuoso, y hablamos tan increíble en pleno Garibaldi. Comentamos sobre los
hijos y sobre esa especie de llamado maternal que de pronto me nace. Sobre la
inseminación artificial, sobre la adopción. Creo ahora que el amor que pueda
perpetuar sería sobre un ser tan milagroso, que me conflictúa antes tener que hallar a mi compañero.
Luego lo olvido y veo a mi sobrina, y quiero enseñarle tantas cosas que no me
daría tiempo. Pienso en mis esguinces, en mi epilepsia, en mis cervicales
dañadas y ¡chas!, que en verdad debo estar muy bien si deseo concentrarme en
otro ser (nótese que ya no hablo de una pareja). También pienso en el mundo y
sus terrores, y hace darme un paso atrás a mis sueños.
Sigo viendo los menús, y a veces los mejores platillos han
sido solicitados antes que yo (chin). Creo que así es la vida, me siento bien,
completa, aunque el mercado objetivo sigue
en decadencia. A veces es la suerte, a veces creo que doy miedo (por alguna
estupidísima razón). Me construyo, reinvento, ofrezco buena vibra y sé que sea
lo que pase en el tiempo, la exigencia no es tal, una es tan simple.
Aquí, en el departamento que habito, con las paredes de los
colores que me gustan, con un caos y un orden específicos, hago y deshago.
Vivo, consumo mis drogas prescritas, deambulo por la ciudad y procuro a mi
familia (¡qué sería de mí sin ese amor, el más puro y exquisito!). Quiero a mis
amigas, amigos (mucho más contados los últimos), escribo ante esas imprevisible necesidad.
Y ya que me conocen como la maestra “loca”, abrazo mi locura para sobrevivir. Y
eso sí, cuando halle algo divino, espero no me cambien el orden en el baile.
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