jueves, 5 de junio de 2014

Sobre el amor y sus estadios


Qué complicado es hablar de las relaciones. Hace no mucho escribía de ello en varios post en una cuenta, y he decidido retomar las ideas (ejercicio que algunos pagarían en un diván, pero me ahorro el costo).

Desde que recuerdo no he sido muy buena en esa materia, pero no me quejo. La precaución ha ayudado a mantenerme sin tantos conflictos. El amor, vaya palabra y tantos hilos. Es como si mi hija Morris decidiera rasguñar los sillones hasta estropearlos, sólo por alguna especie de búsqueda de tranquilidad a su bella ansiedad. Así lo veo.

Vienen flashbacks, y me ubico en el kínder. Ensayábamos para el vals de la graduación, cinco años emergían en un cuerpo frágil, con cabello cortito (me gustaba tomar tijeras y cortármelo). Aquella vez le dije a mi madre: “mamá, me va a tocar bailar con un niño que me gusta”. El día del evento, comencé a contar: niño con tal niña, niño siguiente con niña siguiente y ¡pas!, el que me gustaba le tocaba a otra amiga. Recuerdo que quise cambiarla en la fila y nomás no se pudo. Me tocó justo el más desagraciado (por decirlo de alguna manera). Evidentemente le dije a la salida a mi madre que ése no era. No sé, creo que a partir de ahí debí entender eso de la suerte.

En la primaria me gustó siempre Gaudencio, cómo olvidaría su nombre. Supe en alguna reunión con mis amigas que yo le gustaba, y después que ya no le gustaba, si no una amiga llamada Lily. Lo bueno de aquellos tiempos era que nada era personal y no te causaba un trauma. Después un tal Ricardo fue el que me encantaba, y era un amor extraño. Creo, de hecho, que antes uno se fija en los carismáticos, pues no era el típico lindo. Siempre mantuve silencio, parecía que decir quién te gustaba era una prueba irrefutable de debilidad.

La secundaria, un amigo que anduvo con mi mejor amiga, era el único que en verdad me parecía bueno. Y ya en la prepa, la competencia por las mejores calificaciones hizo que quien se “me declaró” no tuviera mucho chance (no porque fuera mi rival, si no porque no había real atracción). De hecho me gustaba su mejor amigo, así es esto. Sorteos.

La universidad (la primera que cursé) no tuvo grandes opciones, pero comencé a retomar cierto patrón. Sólo un chico me “movía el tapete”, quien tenía ojos de venado y a quien se lo dije una vez. Siempre he sido muy cobarde para esos menesteres, pero sus ojos eran grandes, negros, y tenía un corazón maravilloso. Sólo lo traté, y eso bastó.

En la UNAM, vaya, anduve con un chico de artes plásticas. Suficiente tiempo para conocerme. Las crisis de los artistas me cansaron un poco, y es que tanta sensibilidad a la belleza hace más que probable que se enamoren fácilmente. Terminamos después de que me dijo estar en riesgo ante otra chica. Agradecida quedé, fue valiente. Tengo bellos recuerdos (aunque suene trillado) y aprendí mucho, pues se metió a letras alemanas y lo poco que sé de alemán y filosofía se lo debo a él. Para entonces ya andaba en mis 22 años. Creo que ha sido de mis relaciones más largas y fructíferas. Creo que me quiso mucho (correspondido).

De ahí, tardé para visualizar mi vida romántica. Apareció un arquitecto del DF cuando ya estaba en Xalapa. Hablaba demasiado. Nos sentábamos a la mesa y perfecto recuerdo a mi madre y a mí, casi tambaléandonos de sueño. Aprendí mucho sobre Le Corbusier, sobre capiteles y materiales. Finalmente el cansancio hizo que le dijera aquello que no es muy agradable, pero fui diplomática. Supe que me fue a buscar aún el año pasado a casa de mi madre. Por fortuna no estuve, ya después entendí que era ese aire de “Mr. Bean” el que me hizo ruido visual.

No he sido mujer que tenga muchas parejas, de hecho me encantan los chicos, pero como he escrito antes: conforme avanzo de edad, mi target disminuye.

El último novio fue odontólogo, y ha sido espectacular. Creo que eso de pertenecer a distintas áreas y el hecho de ser excesivamente calmado, formó buenos testimonios. Por gracia o desgracia, regresó con su exnovia. Y lo acepté (no duden que me llevé un tiempo de terror, pero ya estaba grande, le llevaba unos cinco años). Es y seguirá siendo un gran amigo, somos distintos, somos distintos. Lo excelente es que conocí algo impresionante: camarones al mojo de ajo que se hacían en su tierra natal. Pienso en eso y se me hace agua la boca. Ya sé a dónde ir por aquellas tierras.

A veces uno se pregunta qué quiere, y quizá no sea acertada la estructura gramático-emocional. Paso de tres décadas y mi soltería tiene buen sazón, todos aquellos que me han encantado entre relaciones, tienen una vida que admiro: son felices, completos. Y eso es lo que necesito. No quiero una mitad, quiero un ser completo.

Hablando con amigas, con la misma condición, llegamos a esa conclusión: los hombres y la palabra “compromiso” parecen no llevarse. Y no hablo de casarse, hablo del sentido exacto: compartir un proyecto. Creo en el crecimiento, en la alimentación cognoscitiva, en la construcción de sueños aterrizables. Significativo es que todos los que me encantan superan mi edad, y es que es obvio: ya saben lo que quieren. La indecisión es un mal terrible, y mi carácter ya no está para esas cosas, ni los celos, ni todo aquello que desorienta los caminos. Pareciera tan simple.

Ahora, pienso en familia, el concepto. Hace unos meses me fui con mi madre al defectuoso, y hablamos tan increíble en pleno Garibaldi. Comentamos sobre los hijos y sobre esa especie de llamado maternal que de pronto me nace. Sobre la inseminación artificial, sobre la adopción. Creo ahora que el amor que pueda perpetuar sería sobre un ser tan milagroso, que me conflictúa antes tener que hallar a mi compañero. Luego lo olvido y veo a mi sobrina, y quiero enseñarle tantas cosas que no me daría tiempo. Pienso en mis esguinces, en mi epilepsia, en mis cervicales dañadas y ¡chas!, que en verdad debo estar muy bien si deseo concentrarme en otro ser (nótese que ya no hablo de una pareja). También pienso en el mundo y sus terrores, y hace darme un paso atrás a mis sueños.

Sigo viendo los menús, y a veces los mejores platillos han sido solicitados antes que yo (chin). Creo que así es la vida, me siento bien, completa,  aunque el mercado objetivo sigue en decadencia. A veces es la suerte, a veces creo que doy miedo (por alguna estupidísima razón). Me construyo, reinvento, ofrezco buena vibra y sé que sea lo que pase en el tiempo, la exigencia no es tal, una es tan simple.

Aquí, en el departamento que habito, con las paredes de los colores que me gustan, con un caos y un orden específicos, hago y deshago. Vivo, consumo mis drogas prescritas, deambulo por la ciudad y procuro a mi familia (¡qué sería de mí sin ese amor, el más puro y exquisito!). Quiero a mis amigas, amigos (mucho más contados los últimos), escribo ante esas imprevisible necesidad. Y ya que me conocen como la maestra “loca”, abrazo mi locura para sobrevivir. Y eso sí, cuando halle algo divino, espero no me cambien el orden en el baile.

No hay comentarios:

Publicar un comentario