viernes, 12 de junio de 2015

Celebración al cerebro

Han de disculpar mi título, pero hay algo que el cerebro y yo tenemos pendiente: más de una vez he dicho que entablar una plática sobre el cerebro, usando el cerebro, es una cosa de metalenguaje que me produce un ruido, pues no me gusta cómo es anatómicamente el cerebro. Trataré de explicarme, pues tiene que ver sólo con cuestiones de nervios.

Hay gente a la que le gustan los tacos de seso, y paso por el área de congelados y veo cerebros esperando ser preparados. Es que esa cuestión de que parece un conjunto de serpientes entrelazadas, me provoca ganas de machacarlos.

(Estoy pensando que uno se machaca el cerebro frecuentemente al pensar. Casi puedo verme ahora exprimiéndolo, y sí, la imagen literal me da náuseas).

La cosa es que su forma me da nervios (también los panales me dan nervios, los elementos repetitivos de formas ovales muy pegaditas entre sí, masas de semillas de chía cómplices--> me gusta masticar la chía, creo que rompo mi ansiedad).

Muy a pesar de ello, le tengo un enorme respeto a este órgano (¿escucháis, cerebro mío?). Cuánto tiempo ha llevado tener el cerebro del tamaño que es ahora, lo cual debería significar que ha evolucionado, aclaro, literalmente (por desgracia no siempre se refleja). Me produce fascinación la electricidad, las sinapsis, las dendritas, las áreas iluminadas, las conexiones hechas y perdidas, el músculo que trabaja.

Me gusta saber que funciona esta área, como cuando alguien te cuestiona las cosas, o como cuando a algunos seres se les da esto de crear, imaginar, fantasear. Hacia la noche, sigue emergiendo la idea casi infinita de transformar. ¡Ah, los sueños!

Quizá venga de un espíritu puramente estructuralista el tratar de indagar los procesos, de hallar en lo digerido, las especias (como cuando las mamás prueban una salsa y se activa la descomposición de las variables compositivas), de imaginar qué imaginaban otros humanos cuando han decidido ejecutar conceptos. El arte de la denominación del mundo, de la ofrenda del cuento, de la solución maquinaria, de la elección de colores conectados a estados de ánimo.

¿Qué pensará el cerebro inactivo? De hecho, no sé si piense en que no está activo, quizá se sienta adormilado, alienado de tanto ruido. Todos tenemos esos momentos, porque finalmente, la locura llegaría ante millones de estímulos a la vez. Sí, merece descanso, pero no tanto, de favor.

("¿Y si hago esto, o mejor esto, o no.., mejor aquello?").

Y los átomos, las células, los grupos, las acciones, los catalizadores, las ideas (grandes o pequeñas, dependerá de muchas cosas), lo terrible, lo sublime. Todo junto en esas tripas entrelazadas. Al final de cuentas, amo a esa maravilla, y puede que sea un amor de esos "buenos", donde el contenido es más que la forma. Es como entrar en un nuevo salón y empezar a descubrir sus trabajos cotidianos. El cómo ejemplifican las cabezas, cómo aterriza lo flotante de los ojos perdidos de algunos entes.

Siento que se me olvidan otras cosas que les iba a decir porque mi córtex es deficiente (avalado ante notario público), pero también este juego del olvido tiene la ventaja de sorprenderme con los mismos chistes, de producir la química necesaria para sonreír.

Va mi brindis por el olvido, por la constante sorpresa, por la frecuencia de lo fascinante, por el eterno enamoramiento hacia lo creado.

sábado, 30 de mayo de 2015

Perdurar

Basta con abrir la puerta. A veces sólo necesito una manzana en proceso de descomposición, o la jarra malpuesta del agua. Lo oscuro y lo sin oxígeno. Soy tan poco exigente con la tristeza.

Es como una alergia. Huele, se siente y se exhala al regresar al que se supondría sería un reposo. Y es que los reposos varían tanto. El reposo del trabajo (que siendo sincera, resulta efímero), el reposo del amor (que siendo sincera, puedo acostumbrarme ya del todo, del de pareja, claro). El reposo de la muerte. El sentido que viene después de la muerte, el de globos llenos de agua caminantes, de rabia por la vida, ése es complejo de evitarlo. Una piensa que pasa, pero no. Eso rompe la panza. Otra cosa:

"Las calles de la panza se rompen cuando una abre la puerta".

El recuerdo, la ausencia de todo, el caos de la presencia de todo. La esperanza que camina lenta, más que la pobre trillada y hermosa tortuga.

Ahora recuerdo por qué no había escrito. Las palabras hacen recuperar la vieja y marchita memoria. Más de quienes se van. De los que te querían y deseaban cosas maravillosas para uno, siendo una tan simple. Y ahí anda una con la esperanza del color luminoso, de los ojos brillantes de los niños, de la sonrisa de los buenos hombres.

"Cuántas cosas quedaron prendidas hasta dentro del fondo de mi alma"... Ojalá que nos vaya bonito.

La caducidad es mi esperanza.


viernes, 20 de febrero de 2015

Viernes de dormir



El cansancio es así, no te deja, te sigue cada metro. La semana ha sido un poco cruel con el cuerpo, viene un peso no reconocido y es cuando una sabe que requiere ayuda extra. Ahí es cuando entra el juego de la imaginación, y es por eso que hablaba de ciertos entes que pueden brindar inspiración invisible (musas, musos, todo ello).

Sobre lo tangible, he de decir que solía ser necesidad básica, pero no en el orden Maslowniano. Corre el reloj y la energía es finita. Las prioridades cambian, a veces el diálogo con tiempo se vuelve una especie de trofeo. ¿Y qué si no hay voluntad?, hacer a un lado a cualquier ente, que en la lógica que subyace, pierde la calidad de muso.

Agotada orgánicamente, volátil mental. Las clases ayudan a brincar los estados físicos. Hoy en una clase, hablando de sociedad y opinión, cuando miro los ojos de los chicos para aterrizar la importancia de la convivencia y de los canales claros, me dan ganas de desprender más emociones hasta cerrar la garganta. ¡Si aterrizáramos un poco, cuánto no evitaríamos de desgaste!

Creo en la pérdida de energía cuando se debe al trabajo continuo, no creo en que la absorba quien no debe. ¿Quién no la debe?, es tan simple: la ceguera ante el tiempo invertido en beneficio común. Ahora, eso sólo depende de nuestra visión, y nuestro conocimiento también es limitado. Puesto que no sé si lo que sé sea lo mejor, hay beneficio de duda, y hay una espera que no debe concentrarse en la reacción del otro. Mientras, hacer tareas, pendientes, ejercicio, preparaciones para quienes sí esperan o que simplemente disfrutan estas extrañas existencias. 

Lo que sé es que en los pequeños momentos de relajación, me dormí ¿cinco, diez, quince minutos?, no lo tengo claro, pero desperté brincando para salir a clases y aguantar un breve frío antes de entrar a aulas. La gente se sigue moviendo, cada cabeza en sus problemas, en sus dolores. Caminando y cruzándose con otros que todavía sonríen, presentando exámanes, esperando resultados. Todo el mundo activo, ¿qué puede representar un mínimo cansancio como el mío?: nada.

La idea del amor ayuda a reírse de uno mismo, el amor es funcional, siempre debe ayudar. No hablo precisamente de amor de pareja, que de alguna manera ha perdido posicionamiento en esta vida, hablo del medio para salir a trabajar con el sol en días muy fríos. 

Lo que no soporto es la desesperanza, ¿habría cabida para la desesperanza si simplemente no está uno a la expectativa? La expectativa sí tiene espacio en la certeza, así que decidiendo trabajar con la certeza, aterrizo un rato esta noche. 

“Lo que funcione” no siempre es aquello que creo debe funcionar, no hay imperativo cuando se trabaja con humanos, es mejor por el momento, contemplar.

lunes, 2 de febrero de 2015

Suena a queja, y quizá lo sea, título largo para esta entrada.



Hay varias palabras que van encadenadas. No son declinaciones, no. Hay palabras que cuestan escribirlas. Descubrí que una que costaba en mi cabeza era: decisión, y no por circunstancias demasiado rebuscadas, se debía a la posición entre la “c” y la “s”. En los cursos de ortografía era palabra que de ley, venía.

Decisión, certeza, claridad. Si algo he aprendido de comunicación es ese claro esquema, que desde siglos se conocía y al cual se le han añadido múltiples variantes de acuerdo a lo que la tecnología ha puesto en nuestras manos. Era obvio que ser clara implicaba tener certeza, es decir, una decisión, una intencionalidad, dijera un estructuralista.

Se supone que ser claro debería facilitar la vida, pues nada, de hace ya un tiempo para acá el ser clara ha decantado en ser imprudente, en ser tajante. Creo en los grises y no me voy  a los extremos (ni para decir que soy cuadrada, aunque no dudo que tengo ciertos puntos que matan, por ejemplo, la impuntualidad). Tampoco creo en quienes se califican como "locos", "diferentes", "anormales", necesidad de sentirse diferentes en clubes de locos, diferentes y anormales..¡Por favor!

Si me declarara con algún tipo de religión, sería una especie de creyente en el mensaje claro. Podría tener un esquema encima de la cabecera y dedicarle mi día. 

Hace un tiempo escribí sobre mis conflictos con las malas interpretaciones. Pareciera que intentar dibujar con estilógrafo las ideas fuera pecado, pues se cree que no es verdad. O bien, los sujetos son de esos que les gusta andar por las ramas (cosa que por evolución sonaría absurdo). 

Lo que pido, al final del día, es “evitadme perder el tiempo”, porque aunque tengo a veces de sobra (no por ocio, si no por administración), perder el tiempo implica esfuerzo, energía, cosa que ya no quiero gastar. Hay que invertir ¿no?, y si quiero tener ocio, repondría mi cuerpo de las friegas de la semana, así que tampoco sería gasto.

Hablar, escribir, responder. Hallar nuevas cosas, mentes interesantes, eso es invertir. Y si bien no son compatibles, eso es invertir. Últimamente con mis amigas hemos resuelto que si bien de pronto no se sabe lo que una quiere, sí se sabe lo que una no quiere. Puedo ser paciente, esperar a que se den eventos que sé valdrán la pena, pero no, de favor, me hagáis perder el tiempo.

Y esto no es una queja, es una especie de credo. Lo que pasa, quizá, es que ahora la expectativa está canija: se espera que sepamos lo que al menos no queremos. Entre tanta ventaja tecnológica existe el riesgo de ser infinitamente dispersos (soy premio de dispersión, pero si vuelo, hago que me regresen para aterrizar en un punto). ¿Acaso ya no se puede esperar una idea clara? “Dejar fluir”, ¡por favor!, quítense de eso, que todo fluye sobre el camino que desean. Siempre hay una voluntad intrínseca, una acción. Si no se sabe al menos una dirección, ¿cómo quieren fluir?

Fluyo con lo que visualizo, y si visualizo es por que sé por dónde quisiera ir. Decisión, no desición, decisión.

Ya, parece que es queja ¿no?

domingo, 25 de enero de 2015

Las vísceras



Mi madre me contaba, después de preguntarle cuáles habían sido los peores momentos cuando estaba en la sala de urgencias, que lo más feo era ver estallamiento de vísceras. Me describía nuestras tripas saliéndose, imposible contener las hemorragias, nudos de cosa viva, culebras que exigían espacio en la sala de operaciones.

Hace muy poco (desgraciadamente) sentí un dolor en el estómago, una presión que estallaba en los ojos, al saber de la muerte en la familia. Lo único que hacían mis manos era apretar el estómago, porque la llave de la regadera parecía controlarse desde esas mismas tripas.

Las mariposas en la panza, el placer de la comida en la panza. Cúmulo de todo lo que se siente, incluido el estreñimiento y lo contrario, los cólicos que te revuelcan. Los cólicos otra vez, la consecuencia de que algo no está bien. Las mariposas, de nuevo, que te dicen que algo puede estar bien. Y es que ambos síntomas desembocan en la garganta: amor y odio.

Siempre que me he enojado (superficialmente) es porque no tengo comida, y puedo hacer un berrinche iracundo por carecer de eso que espero en la mesa, al tiempo justo. Los olvidos de los meseros, lo agrio de unos frijoles, lo salado de un pescado. 

¿Y la impotencia?, esa llega a la garganta y no se desquita con nada, ella sale por los ojos. La muerte también sale por los ojos. 

¿La bipolaridad es una enfermedad?, ¿quién no sería polipolar ante tanto desvarío? 

Los tacos de tripa, qué respeto les guardo. Vísceras, gente visceral le dice a quienes se dejan llevar por el impulso que actúen,  y hieren, desgarran. Gente que con vísceras ordena muertes reales y espirituales, gente que no se detiene a pensar (cualidad que se supone deberíamos tener). Frío para calmar la mente, que los intestinos son capaces de recibir órdenes todavía.


Mariposas en la panza.

Estallamiento de vísceras.

Impulso a lo injusto.

Muerte y vida.

Vida.

viernes, 16 de enero de 2015

Manos de cartón



Estuve buscando y no hallé aquella nota. No la hallé escrita, pero la guardo en mi memoria, que para eso no es tan fallida. Son los sueños los que se quedan atorados, que ocupan en no salir de la papelera.

Cada que sucede una ausencia, hay un tronido en mi cuerpo, en mi cabeza. Hay lágrimas atoradas en el sufrimiento visto en las salas de velación, en los sollozos resguardados. En el cuchicheo de los parientes y conocidos. Algo de lo terrible flota. ¿Qué es lo terrible si no subirse al cuadrilátero a pelear por existir?

Tengo recuerdos de las muertes, tengo recuerdos de mis abuelitas. Guardo pruebas de la sangre vertida en mis manos al voltear cuerpos ya inertes para prepararlos con algodones en orificios que antes se ocupaban para respirar, para oír.

En este departamento que habito, se fue mi mamá Vita. Ayudé a mi madre a prepararla, a colocarle un poco maquillaje. Era suave. Era caliente aún. Una nube. Mi primer contacto con esa muerte estuvo ahí, verdaderamente. Arroparla para su viaje, hablarle en su carita para decirle cuánto la quería y que me disculpara si mis torpes manos la lastimaban (sentía, sentía).

Con mi bisabuela, mamá Manuelita, me pasó algo parecido. Ahí el líquido tibio se guardó para siempre en mis manos. En los cortes de ropa. En la trenza que hice, en el acomodamiento de su rostro. Aún más, en descubrir que ocultaba las trufas de chocolate que le había regalado tiempo antes y que espero haya disfrutado.

La muerte. La muerte que ha visitado de nuevo a mi familia. La muerte que ha tocado lo vital, así como suena. Siempre me azotan las mismas preguntas cuando llega. ¿Por qué vienes así? Y es lógico pensar la respuesta: porque vivimos.

Entre mis notas había escrito un sueño que tengo permanente y que comencé a dibujar hace mucho:

Los colores eran terrosos: amarillos, cafés, sienas. Una montaña seca, mas viva. Había una gran mesa de madera fuera de una casa, el centro del terreno amurallado por piedras. Estaba sentada. La casa que quedaba a unos metros era del tipo de la que dibujas de niño: una puerta de madera, un humilde tejado. Estaba en una silla pequeña, y enfrente de la mesa, una figura que me veía, sentada. Un aire masculino en su mirada, calvo, con ropa de una sola pieza larga. Me veía y yo a él. No abría la boca, pero me decía de alguna manera si quería entrar por la puerta de la casa. Veía la puerta y en su contorno había una luz impresionantemente fuerte. Me invitaba.

Vi sus brazos y es lo más angustiante de ese sueño. Era piel en sus hombros, pero conforme bajaba la mirada iba cambiando la materia: piel, otro trozo de hierba seca, se veía la fibra como el mecate que compras deshilachado. Hacia sus manos, era cartón roto, seco. Veía el polvo en sus dedos. Sabía que era ella.

Le dije que no iba a pasar por la puerta.

Me quedé con los árboles de ese terreno, color rojizo. Me quedé viendo el rectángulo amarillo y grabándome la metamorfosis de sus brazos.

¿Qué dejan estos momentos si no confrontar la sentencia o la benevolencia de la vida que se viene con dejar de respirar? Nada más pienso en la vida. 

Ay muerte querida, que te atreves a anunciarte de vez en cuando, como dando oportunidad de arreglar ciertos asuntos. Cuando nos hacen una biopsia que al final resulta negativa y te avienta de nuevo al ruedo, para seguir existiendo. Y cualquier cosa es pequeña, cualquier desazón absurdo pasa a esa clasificación si una se detiene tantito a pensarlo. ¿Por qué no luchar por mejorar nuestra calidad, por ver a tu familia bien? ¿Acaso habría otra misión más valiosa que eso?

Todavía no entiendo la relación de la muerte con la garganta y los ojos, con el malestar en las entrañas. Todavía, a pesar de que me invitara, no resuelvo nada. Busco amor, busco claridad, busco no perder mucho tiempo. Mis vicios me persiguen, pero me ayudan. No he de dejar mis medicaciones, si no la angustia al vacío me destruye y caigo en una depresión absoluta que sólo mi familia conoce en ciertas dosis. Escribir me hace bien.

Al final de cuentas, mañana sonreiré y seguiré tratando de hallar equilibrio. Quizá eso no valga nada cuando te sientan a la mesa y te pregunten si quieres pasar a la casa de madera, pequeña, luminosa. Mas pienso en los otros, imagino lo no terminado, lo no hecho (que si no está claro qué se quiere, sería imposible saberlo).

A veces uno sueña, y te despiertan con serenatas involuntarias.

viernes, 9 de enero de 2015

El Tetris cotidiano

No sé ustedes, porque es probable que me puedan leer las almas jóvenes (por decirlo de alguna manera), pero a mí me tocó la moda de ese jueguito llamado Tetris, contenido en un artefacto rectangular, que si disponía de alguna arista suave, era moderno.

Era buena para ese juego, aunque me vencía el pánico en los niveles mayores, por la rapidez de caída. Ahora espero que esta consecuencia de entrar al juego, no se dé (al de la vida).

Como comentaba hace un par de semanas, los desajustes del año pasado me había pasado factura. No es que una deux ex machina halla llegado, si no que decidí virar la trayectoria.

Se han ido acomodando los sucesos, también ayudan estas semivacaciones escolares. Creo fervientemente en el cuaderno en blanco (recordando a Felipe, de Quino). Comienzo a escribir con tinta fuerte, a decidir bajo una lógica y a mirar con mucha fe al otro (todavía la tengo).

He estado trabajando más el cuerpo, alimentándolo mejor (recuerdo la pena de comer salmón en sobre, en pleno examen, bendito aroma), mirando a los que eran extraños y abriendo la posibilidad de conocimiento hacia ellos. Me gusta y emociona.

Sé que el país no es la maravilla, como el mundo no lo es, como el humano no lo es, mas me doy un respiro esta semana. Grito en partidos, conecto alumnos, escucho su emoción ante proyectos loables, tengo una necesidad de recuperar energías y añoro ver a mi sobrina cada día.

Ya vendrán los otros días, los más grises, pero me siento lista. Ando descubriendo el brillo de los ojos, una paz cantada sin caminar, una nobleza contenida entre líneas virtuales.

No importan los colores y las formas, caen lentas las piezas estos días y tengo posibilidad hasta de adornarlas. Mucho trabajo por venir, pero sí, sigo emocionada y enamorada de esta vida cotidiana.