Siempre es tiempo, y el tiempo está hasta que no nos percatamos de él (¡porque ya nos morimos!).
Hace rato, que estaba haciendo ejercicio con esta calina que desgarra la voluntad (¡calor al por mayor!), pensaba en el agotamiento. Literalmente chorreaba de sudor, mis piernas me dolían un poco, de ese dolor placentero de sentirse viva.
Ayer platicaba con sobre la meditación activa, y esas formas donde no es necesario estar inmóvil para metabolizar la vida. Me percaté que cuando hacía ejercicio me pasaba algo similar: en la primera tanda de cardio me la pasaba pensando, a veces, debo sincerarme, cuando había un hecho triste, hasta lagrimillas me salían de la impotencia (en general es por injusticias así percibidas, en un sentido total, por el desvanecimiento de la vida de mis familiares). Después, área de pesas, donde lo que das es fuerza y un "sí puedo" tan formidable que el espíritu así lo entendía. Finalizaba corriendo, con el cuerpo ya descargado. Llegar a casa de mi madre y robarle un vaso con leche (nada mejor que proteína para después de una cita-reto corporal). ¡Cumplía con las etapas, sin una filosofía teórica así dispuesta!
Ahora, de pronto, una piensa en el tiempo. Hay tantas cosas que no recuerdo, y es que la memoria no es necesaria cuando ésta, de otra forma, va siendo una estructura de vida. Nada pasa porque sí, una va aprendiendo, aprehendiendo.
Los campos semánticos se unen en algo que es uno mismo. La familia, la escuela, el trabajo, el amor. Todo tiene un tiempo, y no es una meta al azar, es ser consciente de lo que te va formando.
No tengo idea de cuánto me quede por mirar, por saborear, por vomitar de la vida. Lo que sé es que estoy aquí, en un departamento algo caótico, pero que se dibuja como mi espacio. Que llego y me dan la bienvenida las flores del pasillo, las sábilas que se vuelven selva, el altar que me protege. Los colores que me gustan, los proyectos de casa que haré. Disfruto las distancias en el auto con la música que me gusta y que me ayuda a no sufrir el tráfico siempre que haya administrado mis salidas.
Y bueno, pensar en mis seres que amo (añadidos dos hermosos que me regalaron una nueva familia). La sonrisa, la paz que ajusta a mi alma loca, el disfrute de la espera, los planes que van saliendo y que llenan espacios que no tenía la menor idea de tener.
No soy la mujer más optimista del mundo, sufro mis depresiones (le echo la culpa al Tafil, aunque en el fondo sé que ya no me afecta lo necesario), pero contabilizo cuánto deben afectar. El punto de vista práctico no debe faltar, porque una no debiera ser maniqueista, una tiene dos hemisferios ¡a utilizarlos! Matizar.
Creo firmemente en la observación, y sé que es un paso del método científico, pero también un caso irrefutable de percepción. Nada está peleado, áreas de oportunidad en los errores.
Me hallo contenta, completa incompleta, como debe ser. Hay que hacer tanto, y no por competencia capitalista, si no por competencia de saber cuánto somos capaces de hacer.
Hay algo en mí que no me permite mas que la sorpresa. Que nada está completo, que estoy visualizado nuevos grupos, nuevas cabezas por las cuales extenderse, por las aristas de esta vida que nacen.
lunes, 27 de julio de 2015
viernes, 12 de junio de 2015
Celebración al cerebro
Han de disculpar mi título, pero hay algo que el cerebro y yo tenemos pendiente: más de una vez he dicho que entablar una plática sobre el cerebro, usando el cerebro, es una cosa de metalenguaje que me produce un ruido, pues no me gusta cómo es anatómicamente el cerebro. Trataré de explicarme, pues tiene que ver sólo con cuestiones de nervios.
Hay gente a la que le gustan los tacos de seso, y paso por el área de congelados y veo cerebros esperando ser preparados. Es que esa cuestión de que parece un conjunto de serpientes entrelazadas, me provoca ganas de machacarlos.
(Estoy pensando que uno se machaca el cerebro frecuentemente al pensar. Casi puedo verme ahora exprimiéndolo, y sí, la imagen literal me da náuseas).
La cosa es que su forma me da nervios (también los panales me dan nervios, los elementos repetitivos de formas ovales muy pegaditas entre sí, masas de semillas de chía cómplices--> me gusta masticar la chía, creo que rompo mi ansiedad).
Muy a pesar de ello, le tengo un enorme respeto a este órgano (¿escucháis, cerebro mío?). Cuánto tiempo ha llevado tener el cerebro del tamaño que es ahora, lo cual debería significar que ha evolucionado, aclaro, literalmente (por desgracia no siempre se refleja). Me produce fascinación la electricidad, las sinapsis, las dendritas, las áreas iluminadas, las conexiones hechas y perdidas, el músculo que trabaja.
Me gusta saber que funciona esta área, como cuando alguien te cuestiona las cosas, o como cuando a algunos seres se les da esto de crear, imaginar, fantasear. Hacia la noche, sigue emergiendo la idea casi infinita de transformar. ¡Ah, los sueños!
Quizá venga de un espíritu puramente estructuralista el tratar de indagar los procesos, de hallar en lo digerido, las especias (como cuando las mamás prueban una salsa y se activa la descomposición de las variables compositivas), de imaginar qué imaginaban otros humanos cuando han decidido ejecutar conceptos. El arte de la denominación del mundo, de la ofrenda del cuento, de la solución maquinaria, de la elección de colores conectados a estados de ánimo.
¿Qué pensará el cerebro inactivo? De hecho, no sé si piense en que no está activo, quizá se sienta adormilado, alienado de tanto ruido. Todos tenemos esos momentos, porque finalmente, la locura llegaría ante millones de estímulos a la vez. Sí, merece descanso, pero no tanto, de favor.
("¿Y si hago esto, o mejor esto, o no.., mejor aquello?").
Y los átomos, las células, los grupos, las acciones, los catalizadores, las ideas (grandes o pequeñas, dependerá de muchas cosas), lo terrible, lo sublime. Todo junto en esas tripas entrelazadas. Al final de cuentas, amo a esa maravilla, y puede que sea un amor de esos "buenos", donde el contenido es más que la forma. Es como entrar en un nuevo salón y empezar a descubrir sus trabajos cotidianos. El cómo ejemplifican las cabezas, cómo aterriza lo flotante de los ojos perdidos de algunos entes.
Siento que se me olvidan otras cosas que les iba a decir porque mi córtex es deficiente (avalado ante notario público), pero también este juego del olvido tiene la ventaja de sorprenderme con los mismos chistes, de producir la química necesaria para sonreír.
Va mi brindis por el olvido, por la constante sorpresa, por la frecuencia de lo fascinante, por el eterno enamoramiento hacia lo creado.
Hay gente a la que le gustan los tacos de seso, y paso por el área de congelados y veo cerebros esperando ser preparados. Es que esa cuestión de que parece un conjunto de serpientes entrelazadas, me provoca ganas de machacarlos.
(Estoy pensando que uno se machaca el cerebro frecuentemente al pensar. Casi puedo verme ahora exprimiéndolo, y sí, la imagen literal me da náuseas).
La cosa es que su forma me da nervios (también los panales me dan nervios, los elementos repetitivos de formas ovales muy pegaditas entre sí, masas de semillas de chía cómplices--> me gusta masticar la chía, creo que rompo mi ansiedad).
Muy a pesar de ello, le tengo un enorme respeto a este órgano (¿escucháis, cerebro mío?). Cuánto tiempo ha llevado tener el cerebro del tamaño que es ahora, lo cual debería significar que ha evolucionado, aclaro, literalmente (por desgracia no siempre se refleja). Me produce fascinación la electricidad, las sinapsis, las dendritas, las áreas iluminadas, las conexiones hechas y perdidas, el músculo que trabaja.
Me gusta saber que funciona esta área, como cuando alguien te cuestiona las cosas, o como cuando a algunos seres se les da esto de crear, imaginar, fantasear. Hacia la noche, sigue emergiendo la idea casi infinita de transformar. ¡Ah, los sueños!
Quizá venga de un espíritu puramente estructuralista el tratar de indagar los procesos, de hallar en lo digerido, las especias (como cuando las mamás prueban una salsa y se activa la descomposición de las variables compositivas), de imaginar qué imaginaban otros humanos cuando han decidido ejecutar conceptos. El arte de la denominación del mundo, de la ofrenda del cuento, de la solución maquinaria, de la elección de colores conectados a estados de ánimo.
¿Qué pensará el cerebro inactivo? De hecho, no sé si piense en que no está activo, quizá se sienta adormilado, alienado de tanto ruido. Todos tenemos esos momentos, porque finalmente, la locura llegaría ante millones de estímulos a la vez. Sí, merece descanso, pero no tanto, de favor.
("¿Y si hago esto, o mejor esto, o no.., mejor aquello?").
Y los átomos, las células, los grupos, las acciones, los catalizadores, las ideas (grandes o pequeñas, dependerá de muchas cosas), lo terrible, lo sublime. Todo junto en esas tripas entrelazadas. Al final de cuentas, amo a esa maravilla, y puede que sea un amor de esos "buenos", donde el contenido es más que la forma. Es como entrar en un nuevo salón y empezar a descubrir sus trabajos cotidianos. El cómo ejemplifican las cabezas, cómo aterriza lo flotante de los ojos perdidos de algunos entes.
Siento que se me olvidan otras cosas que les iba a decir porque mi córtex es deficiente (avalado ante notario público), pero también este juego del olvido tiene la ventaja de sorprenderme con los mismos chistes, de producir la química necesaria para sonreír.
Va mi brindis por el olvido, por la constante sorpresa, por la frecuencia de lo fascinante, por el eterno enamoramiento hacia lo creado.
sábado, 30 de mayo de 2015
Perdurar
Basta con abrir la puerta. A veces sólo necesito una manzana en proceso de descomposición, o la jarra malpuesta del agua. Lo oscuro y lo sin oxígeno. Soy tan poco exigente con la tristeza.
Es como una alergia. Huele, se siente y se exhala al regresar al que se supondría sería un reposo. Y es que los reposos varían tanto. El reposo del trabajo (que siendo sincera, resulta efímero), el reposo del amor (que siendo sincera, puedo acostumbrarme ya del todo, del de pareja, claro). El reposo de la muerte. El sentido que viene después de la muerte, el de globos llenos de agua caminantes, de rabia por la vida, ése es complejo de evitarlo. Una piensa que pasa, pero no. Eso rompe la panza. Otra cosa:
"Las calles de la panza se rompen cuando una abre la puerta".
El recuerdo, la ausencia de todo, el caos de la presencia de todo. La esperanza que camina lenta, más que la pobre trillada y hermosa tortuga.
Ahora recuerdo por qué no había escrito. Las palabras hacen recuperar la vieja y marchita memoria. Más de quienes se van. De los que te querían y deseaban cosas maravillosas para uno, siendo una tan simple. Y ahí anda una con la esperanza del color luminoso, de los ojos brillantes de los niños, de la sonrisa de los buenos hombres.
"Cuántas cosas quedaron prendidas hasta dentro del fondo de mi alma"... Ojalá que nos vaya bonito.
La caducidad es mi esperanza.
Es como una alergia. Huele, se siente y se exhala al regresar al que se supondría sería un reposo. Y es que los reposos varían tanto. El reposo del trabajo (que siendo sincera, resulta efímero), el reposo del amor (que siendo sincera, puedo acostumbrarme ya del todo, del de pareja, claro). El reposo de la muerte. El sentido que viene después de la muerte, el de globos llenos de agua caminantes, de rabia por la vida, ése es complejo de evitarlo. Una piensa que pasa, pero no. Eso rompe la panza. Otra cosa:
"Las calles de la panza se rompen cuando una abre la puerta".
El recuerdo, la ausencia de todo, el caos de la presencia de todo. La esperanza que camina lenta, más que la pobre trillada y hermosa tortuga.
Ahora recuerdo por qué no había escrito. Las palabras hacen recuperar la vieja y marchita memoria. Más de quienes se van. De los que te querían y deseaban cosas maravillosas para uno, siendo una tan simple. Y ahí anda una con la esperanza del color luminoso, de los ojos brillantes de los niños, de la sonrisa de los buenos hombres.
"Cuántas cosas quedaron prendidas hasta dentro del fondo de mi alma"... Ojalá que nos vaya bonito.
La caducidad es mi esperanza.
viernes, 20 de febrero de 2015
Viernes de dormir
El cansancio es así, no te deja, te sigue cada metro. La
semana ha sido un poco cruel con el cuerpo, viene un peso no reconocido y es
cuando una sabe que requiere ayuda extra. Ahí es cuando entra el juego de la
imaginación, y es por eso que hablaba de ciertos entes que pueden brindar
inspiración invisible (musas, musos, todo ello).
Sobre lo tangible, he de decir que solía ser necesidad
básica, pero no en el orden Maslowniano. Corre el reloj y la energía es finita.
Las prioridades cambian, a veces el diálogo con tiempo se vuelve una especie de
trofeo. ¿Y qué si no hay voluntad?, hacer a un lado a cualquier ente, que en la
lógica que subyace, pierde la calidad de muso.
Agotada orgánicamente, volátil mental. Las clases ayudan a
brincar los estados físicos. Hoy en una clase, hablando de sociedad y opinión,
cuando miro los ojos de los chicos para aterrizar la importancia de la
convivencia y de los canales claros, me dan ganas de desprender más emociones
hasta cerrar la garganta. ¡Si aterrizáramos un poco, cuánto no evitaríamos de
desgaste!
Creo en la pérdida de energía cuando se debe al trabajo
continuo, no creo en que la absorba quien no debe. ¿Quién no la debe?, es tan
simple: la ceguera ante el tiempo invertido en beneficio común. Ahora, eso sólo
depende de nuestra visión, y nuestro conocimiento también es limitado. Puesto
que no sé si lo que sé sea lo mejor, hay beneficio de duda, y hay una espera
que no debe concentrarse en la reacción del otro. Mientras, hacer tareas,
pendientes, ejercicio, preparaciones para quienes sí esperan o que simplemente
disfrutan estas extrañas existencias.
Lo que sé es que en los pequeños momentos de relajación, me
dormí ¿cinco, diez, quince minutos?, no lo tengo claro, pero desperté brincando
para salir a clases y aguantar un breve frío antes de entrar a aulas. La gente
se sigue moviendo, cada cabeza en sus problemas, en sus dolores. Caminando y
cruzándose con otros que todavía sonríen, presentando exámanes, esperando
resultados. Todo el mundo activo, ¿qué puede representar un mínimo cansancio
como el mío?: nada.
La idea del amor ayuda a reírse de uno mismo, el amor es
funcional, siempre debe ayudar. No hablo precisamente de amor de pareja, que de
alguna manera ha perdido posicionamiento en esta vida, hablo del medio para
salir a trabajar con el sol en días muy fríos.
Lo que no soporto es la
desesperanza, ¿habría cabida para la desesperanza si simplemente no está uno a
la expectativa? La expectativa sí tiene espacio en la certeza, así que
decidiendo trabajar con la certeza, aterrizo un rato esta noche.
“Lo que
funcione” no siempre es aquello que creo debe funcionar, no hay imperativo
cuando se trabaja con humanos, es mejor por el momento, contemplar.
lunes, 2 de febrero de 2015
Suena a queja, y quizá lo sea, título largo para esta entrada.
Hay varias palabras que van encadenadas. No son
declinaciones, no. Hay palabras que cuestan escribirlas. Descubrí que una que
costaba en mi cabeza era: decisión, y no por circunstancias demasiado
rebuscadas, se debía a la posición entre la “c” y la “s”. En los cursos de
ortografía era palabra que de ley, venía.
Decisión, certeza, claridad. Si algo he aprendido de
comunicación es ese claro esquema, que desde siglos se conocía y al cual se le
han añadido múltiples variantes de acuerdo a lo que la tecnología ha puesto en
nuestras manos. Era obvio que ser clara implicaba tener certeza, es decir, una
decisión, una intencionalidad, dijera un estructuralista.
Se supone que ser claro debería facilitar la vida, pues
nada, de hace ya un tiempo para acá el ser clara ha decantado en ser
imprudente, en ser tajante. Creo en los grises y no me voy a los extremos (ni para decir que soy
cuadrada, aunque no dudo que tengo ciertos puntos que matan, por ejemplo, la
impuntualidad). Tampoco creo en quienes se califican como "locos", "diferentes", "anormales", necesidad de sentirse diferentes en clubes de locos, diferentes y anormales..¡Por favor!
Si me declarara con algún tipo de religión, sería una
especie de creyente en el mensaje claro. Podría tener un esquema encima de la
cabecera y dedicarle mi día.
Hace un tiempo escribí sobre mis conflictos con las malas
interpretaciones. Pareciera que intentar dibujar con estilógrafo las ideas
fuera pecado, pues se cree que no es verdad. O bien, los sujetos son de esos
que les gusta andar por las ramas (cosa que por evolución sonaría absurdo).
Lo que pido, al final del día, es “evitadme perder el tiempo”,
porque aunque tengo a veces de sobra (no por ocio, si no por administración),
perder el tiempo implica esfuerzo, energía, cosa que ya no quiero gastar. Hay
que invertir ¿no?, y si quiero tener ocio, repondría mi cuerpo de las friegas
de la semana, así que tampoco sería gasto.
Hablar, escribir, responder. Hallar nuevas cosas, mentes
interesantes, eso es invertir. Y si bien no son compatibles, eso es invertir.
Últimamente con mis amigas hemos resuelto que si bien de pronto no se sabe lo
que una quiere, sí se sabe lo que una no quiere. Puedo ser paciente, esperar a
que se den eventos que sé valdrán la pena, pero no, de favor, me hagáis perder
el tiempo.
Y esto no es una queja, es una especie de credo. Lo que
pasa, quizá, es que ahora la expectativa está canija: se espera que sepamos lo
que al menos no queremos. Entre tanta ventaja tecnológica existe el riesgo de
ser infinitamente dispersos (soy premio de dispersión, pero si vuelo, hago que
me regresen para aterrizar en un punto). ¿Acaso ya no se puede esperar una idea
clara? “Dejar fluir”, ¡por favor!, quítense de eso, que todo fluye sobre el
camino que desean. Siempre hay una voluntad intrínseca, una acción. Si no se
sabe al menos una dirección, ¿cómo quieren fluir?
Fluyo con lo que visualizo, y si visualizo es por que sé por
dónde quisiera ir. Decisión, no desición, decisión.
Ya, parece que es queja ¿no?
domingo, 25 de enero de 2015
Las vísceras
Mi madre me contaba, después de preguntarle cuáles habían
sido los peores momentos cuando estaba en la sala de urgencias, que lo más feo
era ver estallamiento de vísceras. Me describía nuestras tripas saliéndose, imposible
contener las hemorragias, nudos de cosa viva, culebras que exigían espacio en
la sala de operaciones.
Hace muy poco (desgraciadamente) sentí un dolor en el
estómago, una presión que estallaba en los ojos, al saber de la muerte en la
familia. Lo único que hacían mis manos era apretar el estómago, porque la llave
de la regadera parecía controlarse desde esas mismas tripas.
Las mariposas en la panza, el placer de la comida en la
panza. Cúmulo de todo lo que se siente, incluido el estreñimiento y lo
contrario, los cólicos que te revuelcan. Los cólicos otra vez, la consecuencia
de que algo no está bien. Las mariposas, de nuevo, que te dicen que algo puede
estar bien. Y es que ambos síntomas desembocan en la garganta: amor y odio.
Siempre que me he enojado (superficialmente) es porque no
tengo comida, y puedo hacer un berrinche iracundo por carecer de eso que espero
en la mesa, al tiempo justo. Los olvidos de los meseros, lo agrio de unos
frijoles, lo salado de un pescado.
¿Y la impotencia?, esa llega a la garganta y no se desquita
con nada, ella sale por los ojos. La muerte también sale por los ojos.
¿La bipolaridad es una enfermedad?, ¿quién no sería
polipolar ante tanto desvarío?
Los tacos de tripa, qué respeto les guardo. Vísceras, gente
visceral le dice a quienes se dejan llevar por el impulso que actúen, y hieren, desgarran. Gente que con vísceras
ordena muertes reales y espirituales, gente que no se detiene a pensar
(cualidad que se supone deberíamos tener). Frío para calmar la mente, que los
intestinos son capaces de recibir órdenes todavía.
Mariposas en la panza.
Estallamiento de vísceras.
Impulso a lo injusto.
Muerte y vida.
Vida.
viernes, 16 de enero de 2015
Manos de cartón
Estuve buscando y no hallé aquella nota. No la hallé
escrita, pero la guardo en mi memoria, que para eso no es tan fallida. Son los
sueños los que se quedan atorados, que ocupan en no salir de la papelera.
Cada que sucede una ausencia, hay un tronido en mi cuerpo,
en mi cabeza. Hay lágrimas atoradas en el sufrimiento visto en las salas de
velación, en los sollozos resguardados. En el cuchicheo de los
parientes y conocidos. Algo de lo terrible flota. ¿Qué es lo terrible si no
subirse al cuadrilátero a pelear por existir?
Tengo recuerdos de las muertes, tengo recuerdos de mis
abuelitas. Guardo pruebas de la sangre vertida en mis manos al voltear cuerpos
ya inertes para prepararlos con algodones en orificios que antes se ocupaban
para respirar, para oír.
En este departamento que habito, se fue mi mamá Vita. Ayudé
a mi madre a prepararla, a colocarle un poco maquillaje. Era suave. Era
caliente aún. Una nube. Mi primer contacto con esa muerte estuvo ahí, verdaderamente.
Arroparla para su viaje, hablarle en su carita para decirle cuánto la quería y
que me disculpara si mis torpes manos la lastimaban (sentía, sentía).
Con mi bisabuela, mamá Manuelita, me pasó algo parecido. Ahí
el líquido tibio se guardó para siempre en mis manos. En los cortes de ropa. En
la trenza que hice, en el acomodamiento de su rostro. Aún más, en descubrir que
ocultaba las trufas de chocolate que le había regalado tiempo antes y que
espero haya disfrutado.
La muerte. La muerte que ha visitado de nuevo a mi familia.
La muerte que ha tocado lo vital, así como suena. Siempre me azotan las mismas
preguntas cuando llega. ¿Por qué vienes así? Y es lógico pensar la respuesta:
porque vivimos.
Entre mis notas había escrito un sueño que tengo permanente
y que comencé a dibujar hace mucho:
Los colores eran terrosos: amarillos, cafés, sienas. Una
montaña seca, mas viva. Había una gran mesa de madera fuera de una casa, el
centro del terreno amurallado por piedras. Estaba sentada. La casa que quedaba a
unos metros era del tipo de la que dibujas de niño: una puerta de madera, un
humilde tejado. Estaba en una silla pequeña, y enfrente de la mesa, una figura
que me veía, sentada. Un aire masculino en su mirada, calvo, con ropa de una sola pieza
larga. Me veía y yo a él. No abría la boca, pero me decía de alguna manera si
quería entrar por la puerta de la casa. Veía la puerta y en su contorno había
una luz impresionantemente fuerte. Me invitaba.
Vi sus brazos y es lo más angustiante de ese sueño. Era piel
en sus hombros, pero conforme bajaba la mirada iba cambiando la materia: piel, otro
trozo de hierba seca, se veía la fibra como el mecate que compras deshilachado.
Hacia sus manos, era cartón roto, seco. Veía el polvo en sus dedos. Sabía que
era ella.
Le dije que no iba a pasar por la puerta.
Me quedé con los árboles de ese terreno, color rojizo. Me
quedé viendo el rectángulo amarillo y grabándome la metamorfosis de sus brazos.
¿Qué dejan estos momentos si no confrontar la sentencia o la
benevolencia de la vida que se viene con dejar de respirar? Nada más pienso en
la vida.
Ay muerte querida, que te atreves a anunciarte de vez en
cuando, como dando oportunidad de arreglar ciertos asuntos. Cuando nos hacen
una biopsia que al final resulta negativa y te avienta de nuevo al ruedo, para
seguir existiendo. Y cualquier cosa es pequeña, cualquier desazón absurdo pasa
a esa clasificación si una se detiene tantito a pensarlo. ¿Por qué no luchar
por mejorar nuestra calidad, por ver a tu familia bien? ¿Acaso habría otra misión
más valiosa que eso?
Todavía no entiendo la relación de la muerte con la garganta
y los ojos, con el malestar en las entrañas. Todavía, a pesar de que me
invitara, no resuelvo nada. Busco amor, busco claridad, busco no perder mucho
tiempo. Mis vicios me persiguen, pero me ayudan. No he de dejar mis
medicaciones, si no la angustia al vacío me destruye y caigo en una depresión
absoluta que sólo mi familia conoce en ciertas dosis. Escribir me hace bien.
Al final de cuentas, mañana sonreiré y seguiré tratando de
hallar equilibrio. Quizá eso no valga nada cuando te sientan a la mesa y te
pregunten si quieres pasar a la casa de madera, pequeña, luminosa. Mas pienso
en los otros, imagino lo no terminado, lo no hecho (que si no está claro qué se
quiere, sería imposible saberlo).
A veces uno sueña, y te despiertan con serenatas
involuntarias.
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